Mi Hola Mundo #36

Mi Hola Mundo #36

Escucho de fondo una entrevista de Leila Guerriero. Es la primera vez que la escucho hablar y hay una parte que me golpea de inmediato: cuando cuenta la importancia que tuvo la figura de su padre en su vida y en su trabajo.

No sé exactamente por qué, pero eso me llena de nostalgia.

Tal vez porque yo también soy padre de una niña maravillosa y, sin darme cuenta —aunque al mismo tiempo con toda la intención del mundo—, intento enseñarle algo que considero fundamental: mirar el mundo con ojos de sorpresa.

Que el mundo es hermoso.

Y no hablo de las cosas extraordinarias. Hablo de los pequeños detalles. De esos momentos que parecen insignificantes y que terminan siendo la vida misma.

Una conversación cualquiera.

Un trayecto en automóvil.

Una tarde tranquila.

Una comida en familia.

La vida puede ser aterradora, claro que sí. Hay días en los que parece demasiado pesada. Pero también está llena de pequeños instantes que se nos escapan porque estamos demasiado ocupados pensando en el siguiente problema.

Y eso es precisamente lo que quiero enseñarle a mi hija.

A saborear esos momentos.

Esas pláticas.

Esas personas.

Esos pequeños tragos de tiempo que pasan frente a nosotros sin que los notemos.

Porque vida solamente tenemos una.

Y porque, ¿por qué no romantizarla un poco?

¿Por qué no vivirla como si fuera la mejor película del mundo?

Porque al final, nos guste o no, es nuestra película.

Hace unos días, mientras manejaba, una idea apareció de repente.

Pensé que la vida se presenta en bloques de tiempo.

Bloques que llegan cargados de personas, rutinas, alegrías, dolores, aprendizajes y despedidas.

Algunos duran años.

Otros apenas unos meses.

Pero todos terminan pasando.

Y si uno presta suficiente atención, puede notar cuándo un bloque está llegando a su fin y cuándo otro está comenzando.

Incluso me atrevería a decir algo más.

Que podemos forzar esos cambios.

(Esta es una mera teoría. No tengo pruebas. No tengo estudios. Pero sígueme el viaje.)

Cuando alguien cambia de trabajo, termina un bloque y comienza otro.

Cuando termina una relación importante, ocurre lo mismo.

Cuando se muda de ciudad, cambia de entorno, de rutina y de personas, también está entrando en un nuevo bloque.

Los grandes cambios de la vida suelen funcionar como puertas.

Cierran una etapa y abren otra.

Por eso pienso que, cuando sentimos que estamos estancados, a veces necesitamos mover una pieza importante del tablero.

No porque tengamos la garantía de que todo saldrá bien.

Sino porque tenemos más control sobre nuestra vida del que solemos creer.

Hace poco decidí cambiar de bloque.

Uno que ya llevaba demasiado tiempo abierto.

¿Y cómo lo hice?

Cambiando mi rutina de forma drástica y completamente calculada.

Entré a estudiar la licenciatura en Nutrición.

Y sí, hubo una razón profesional detrás de la decisión.

Dinero.

La nutrición se ha posicionado muy bien en los últimos años y tengo un plan para ejercerla en el futuro.

Pero también hubo una razón más personal.

Sabía que estudiar Nutrición me obligaría a cambiar mi estilo de vida.

Y funcionó.

Llevo varios meses cuidando mi alimentación y entrenando con disciplina. Pasé de 90 kilos a 83 y mi composición corporal es mejor que nunca.

Todo eso fue parte del plan.

Mi carrera prácticamente me obliga a verme bien.

(Ahora sí, como dice Franco: “Nadie le cree a un nutriólogo gordo”. Y aunque me da risa admitirlo… tiene algo de razón.)

Pero lo más importante no fue el peso.

Fue el cambio.

La carrera cambió mis horarios.

Cambió las personas con las que convivo.

Cambió mis prioridades.

Cambió mis conversaciones.

Cambió mi rutina.

En pocas palabras: cambió mi bloque.

Y eso me emociona.

Porque me conozco.

Me aburro rápido.

Empiezo muchas cosas.

Termino pocas.

Y este experimento personal parece confirmar mi teoría.

Todavía es muy pronto para declararla cierta, pero por ahora los resultados son interesantes.

(Y sí, sé que parezco científico loco tratando de probar una hipótesis inventada en un semáforo.)

Y es precisamente por eso que estoy aquí otra vez.

Hola Mundo número 36.

Aunque siendo honestos, no sé si esto sea una presentación.

Más bien es volver a presentarme ante mí mismo.

Este lugar funciona como una especie de podcast interno.

Un espacio donde aterrizan las ideas que vuelan sin rumbo por mi cabeza.

Como esas lámparas que se colocan en las cocinas para atraer insectos.

Bueno, pues esto es eso para mí.

Un foco con trampa para pensamientos.

Un lugar para atrapar ideas antes de que desaparezcan.

Para hablar conmigo mismo.

Para registrar lo que voy descubriendo mientras avanzo.

Acabo de cumplir 36 años.

Estoy de vuelta en la universidad.

Y sigo teniendo más preguntas que respuestas.

Lo curioso es que también tengo más curiosidad por la vida que cuando tenía 16.

Ahora quiero ser escritor.

Músico.

Creador de aplicaciones.

YouTuber.

DJ.

Cantante.

(La lista probablemente cambie la próxima semana, pero entiendes el punto.)

Quiero hacer demasiadas cosas.

Quiero aprender demasiadas cosas.

Quiero vivir demasiadas cosas.

Pero vamos paso a paso.

Disfrutando cada pequeño trago de tiempo que nos regala la vida.

Porque si algo he aprendido últimamente es que los bloques pasan.

Las personas pasan.

Las etapas pasan.

Los problemas pasan.

Y nosotros también pasaremos.

Así que mientras mi botella siga teniendo contenido, pienso seguir probando todo lo que pueda.

Y con eso cierro la entrada de hoy.

No sé si nos veremos mañana.

En una semana.

O dentro de un año.

Pero de algo estoy seguro.

Nos vemos.

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